Heracles debía, para su octavo trabajo, apoderarse de cuatro yeguas salvajes del rey tracio Diomedes quien gobernaba a los belicosos bistones y cuyos establos, en la desaparecida ciudad de Tirida, eran el terror de la Tracia. Diomedes mantenía a las yeguas atadas con cadenas de hierro a unos pesebres de bronce y las alimentaba con la carne de sus huéspedes confiados. Dos versiones de este mito: Heracles se embarcó para Tracia y en el camino visitó a su amigo el rey Admeto de Feras. Cuando llegó a Tirida, venció a los mozos de mulas de Diomedes y llevó las yeguas al mar, donde las dejó en una loma a cargo de sus valido Abdero, y luego volvió para rechazar a los bistones que corrían en su persecución. Como los otros le superaban en número, los venció abriendo ingeniosamente un canal que hizo que el mar inundase la llanura baja, y cuando sus enemigos se dieron media vuelta y echaron a correr, él los pers...
"Mitología es la religión del otro"